Mis pensamientos son movimientos

Siempre ese sonido después de las diez de la mañana comienza a naturalizarse. Pareciera que en el zinc se tiran piedritas pero es producto del calor, se recalienta tanto que rechina y eso le parece normal a Catalina que con su perro Gato se toma el vaso de gaseosa mañanero, sin bañarse y todavía pensando si valdría la pena ir ver a su mamá. Ya han pasado más de cinco años en la misma rutina, contemplando el retrato de su bisabuela que se parece tanto a ella, a Francisca.

Un pronóstico de varios temblores de magnitud 3.3 consecutivos la llevaron a subirse a una silla para ver si se encontraba alguna ruptura en el pilar de concreto que sostenía la casa de dos habitaciones y una sala-cocina. Al poner su mano para apoyarse en el muro sintió el polvo de una caja redonda de hierro, de esas extranjeras que contenían galletas francesas supuestamente caseras y que Francisca guardaba para las agujas. “Otra vez acumulando cosas inservibles”, se dijo groseramente así misma.

Doce del mediodía y no almuerza sino después de las dos de la tarde, cuando el tiempo de verano hondea todos los árboles y los quiere tirar al suelo. Siempre en pijama y con su nuevo libro en mano, La Feria de las Vanidades de William W. Thackeray, más de cuatrocientas páginas para masticar los sesos, se dirige a no pensar en la fuerza interior de querer ver a su madre. Con el libro en sus manos y los pies apoyados encima de la mesa, ladea de pronto sus ojos pues la lectura se hace un tanto aburrida y le llama más la atención la tipografía de la caja que había encontrado.

Sabía que no lo bajaría en vano. Tendría que tener un importante contenido para ser puesto arriba del muro y que, no fuera encontrado ni por Fermina ni por ella, dada a sus angustiosas curiosidades de saber todo lo que guardaba Francisca; pero de esa caja, no sabía nada. “¿Y si la puso antes que se fuera de casa?, ¿y si lo hizo con la intención de que yo la encontrara luego de que estaba decidida a rehacer su vida tras la muerte de Fermina?”, dudasy un sin número de palabras que se descolocaron por una fuerte sacudida en la casa, un zumbón o un golpe fuerte que hasta las palomas se movieron de los palos de chilamates.

Catalina se quedó quieta como siempre. Ya se habían dado más de seis temblores en la madrugada. Revisar su cuenta de twitter le ayudaría a informarse rápidamente de cuánto era la magnitud del movimiento terrestre. “4.6 en la escala de Richter, nada para asustarse en un país de volcanes en el área del pacífico, lo mismo de cada época seca. El mundo se degrada poco a poco y nosotros no nos damos cuenta”. En su cara se notaba su preocupación absoluta por tres cosas en su vida después de tantos años en que había pasado viviendo de un sueldo pobre que era capaz de darle todo.

O se trataba de la casa, buscar cómo reparar todas esas grietas, hoyos y fisuras para evitar que los movimientos telúricos no la acabaran de desbaratar o bien, de que al fin, estaba ese día, decidida a salir de la casa, cambiarse de ropa y correr a visitar a su mamá no sin antes saber si abriría el tesoro que podría contener información que nunca supo para sacarle sus verdades Francisca cuando la tuviera frente a frente.

8

Se bañó por segunda vez en el año antes de las dos de la tarde. No quiso almorzar y se puso el vestido celeste con sandalias blancas que solo usó cuando decidió adoptar a Gato, al irlo a buscar en la alcantarilla del basurero del pueblo donde fue tirada. Esa era una historia de festín para Catalina. Estaba en ese momento sentada en las escaleras de su casa, viendo pasar vehículos que se destinaban al mar y, un señor de aspecto cansado por tener más de seis perros, llevaba una cajita con un ser que penosamente aullaba. Le puso Gato por el encanto a la leche y al queso, que hoy, antes de ponerse las sandalias se le estaba arrimando para pedirle su comida antes de que se fuera.

“Que la plenitud de la vida fuera como vos Gato, tu y yo seríamos pareja y felizmente casados”, le dijo cuando le acercaba la comida, “saldré un rato después de tanto tiempo, te veo luego para que durmamos juntos”. Cerró la puerta de la casa y salió entonando su canto “la vida me regala rosas y yo siembro flores en mi jardín, aunque no son las mismas, las segundas tienen más significado para mí”. Menos mal que nadie había en las calles un domingo en el pueblo, los temblores tenían atemorizados a los vecinos y a las vecinas. Llegó en menos de quince minutos caminando, entró en la dirección que le había confirmado Antonio, el cuidador del área, “doscientos metros hacia el norte, después de la capilla color crema”.

7

No tuvo tiempo para perderse. Al llegar quería soltar las palabrasde una vez por todas y resguardar el momento propio para que no fuera invadido por extraños en el área.

“Hola, espero no te haya atemorizado mi presencia por este lugar. No vine ni siquiera a tu entierro porque iba a detestar que me miraras toda tiesa. Siempre supiste que no eran para mí este tipo de despedidas y que por más que lo intentara iba a fallar y me reiría de los nervios, como pasó a mis doce años en el entierro de mi abuela Margarita. Espero que me puedas perdonar por este desafuero, sé que era tu única hija después de la muerte de mi hermana ese día que fuimos a la playa y que se entusiasmó tanto con el mar que se le olvidó que no sabía nadar. Sé que al ser yo el único rastro que te quedaba en el mundo, iba a necesitar a fuerzas para soportar tu partida y comprender que ahora estaría sola en mi casa, sin las abuelas, sin Fermina y sin ti. Sí te pensé todo este tiempo, incluso me sigo preguntando por qué no he cambiado las cosas de las cosas en un nuevo orden o, por qué no he llevado a nadie a que viva conmigo. Me hace bien estar sola, Gato respeta mis silencios y nunca opina en contra de mis juicios, es especial madre, te encantaría conocerlo aunque reconozco tu falta de expresividad con los animales. Últimamente está temblando mucho, me imagino que lo estás sintiendo más de nosotros allí abajo, ¿te prepararon un claustro bien fuerte que no saque ninguna parte de ti en la realidad? Me alegra tanto que estés bien, dormida y sin nada de qué preocuparte, no creas que te vendré a visitar siempre, solo será esta vez y ya; pero mi afecto por ti nunca murió, nunca morirá, aunque nadie comprenda el porqué no quise venir a tu entierro y me castiguen de chica mala por ser diferente a este pueblo. Te amo. Y eso basta para mí. Antes de irme quiero decirte que encontré una caja arriba del pilar de la casa donde guardabas esas cajas de poroplast, espero que tenga información de mi padre, que en toda mi adolescencia te pregunté por él y decías que no existía. Tengo derecho a saber, ¿no crees? No para amarlo, sino para estar clara de mis raíces y mi sentido final en esta tierra, que a veces me pierdo y no sé dónde está. Ya no te quitaré más tiempo mamá, he llegado a pensar que en silencio te vez mejor de como eras antes, enojona por todo y quejándote de la vida. Yo veo felicidad madre y una paz que expulsa mi serotonina y endorfina. Cuídate, espero que en el mundo de los muertos te fe haya crecido con la intención de que podríamos estar juntas luego de que, el ser que me dio la vida, consideré que ya cumplí lo que me tocaba hacer en este mundo. Te amo porque no tengo intenciones de lo contrario, mamá”.

Se sentía aliviada de todo lo que había hablado con su mamá. Era como quitarse dos años de su edad, 30, y sentirse de 28 para poder seguir con su vida, reestructurar la casa y hacerla como ella quería. Caminaba con pasos corto con su imaginación que le preparaba un croquis para hacer una segunda planta, un cuarto arriba para ella y Gato, y abajo desbaratar los dos cuartos y montar su cocina y sala con el escenario para brindar sus conocimientos de educadora en primaria y secundaria. Estaba lista para reconstruir su vida y dejar todo atrás.

Una nueva presión sintió desde la tierra, creía estar tan excitada con sus pensamientos alegres que en ese instante pensó que era necesario hacerse un té de manzanilla. El movimiento se intensificaba cada vez más sin ánimos de parar. No se movió, porque cerca de ella no había árboles ni nada que le hiciera pensar que le podía pasar algo. Estaba ida, miraba que el movimiento subía y bajaba, no terminaba. Era un temblor que nuevamente estaba desmembrando la tierra. Primero fue el poste de energía eléctrica que cayó mientras los cables chispeaban, segundo era la casa de la esquina que como papelito había desaparecido y tercero, todas las personas que podían salían a la carretera gritando cuando ya todo poco a poco iba perdiendo rectitud. Se veía como un ángel vestida para la fiesta celestial y sin saber que toda su casa, la caja redonda que contenía galletas francesas y Gato, quedaron en escombros y superficies vacías.

Espero que te haya gustado mi estilo de escritura ¡Dejá tu opinión!

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